La triste espera de los artesanales en Quintero
Más de siete años de esperan llevan pescadores de la zona para recibir una compensación por el daño que causó el derrame ocurrido el año 2014. Cada cierto tiempo, la bahía de Quintero nos recuerda lo mal que se han llevado por décadas los problemas que ocasiona la actividad industrial que existe en dicho sector.
Cada cierto tiempo, la bahía de Quintero entrega un ejemplo triste y desolador de lo mal que se han llevado por décadas los efectos dañinos de la actividad industrial en dicho sector. El derrame ocurrido en septiembre del año 2014 se sumó a esa lista, con una diferencia: gatilló la respuesta organizada de una comunidad -principalmente los pescadores y sus familias, pero también personas del ámbito turístico- que entendió la fragilidad ambiental de su entorno y sufrió los perjuicios directos de un grave error del que nadie quería hacerse responsable.
La madrugada del 24 de septiembre del año 2014, cuando el buque tanque Mimosa se encontraba descargando el crudo en instalaciones de la refinería Enap en Quintero, una mala maniobra produjo la rotura de la tubería flexible que transfería el combustible, provocando el derrame de casi 38 mil litros de petróleo. La mancha se extendió por varios kilómetros, alcanzando al menos 10 playas y afectando a la flora y fauna marinas de una manera devastadora. A siete años del incidente, los pescadores de la zona aún negocian con Enap alguna fórmula de compensación por los daños ambientales, económicos y de imagen que provocó el hecho.
Lamentablemente, no fue el primero. Un completo estudio realizado por la Fundación Terram recuerda que ya en 1985 hubo movilizaciones de vecinos y especialistas para reducir la contaminación presente en la bahía de Quintero y el primer Comité de Defensa del Medio Ambiente de Puchuncaví data de 1990. En agosto de 2013, 40 alumnos de la Escuela La Greda resultaron intoxicados por emanaciones de azufre, hecho que se repetiría dos años después. Incidentes aún más masivos ocurrieron en meses consecutivos del año 2018 y tras el incidente del Mimosa se cuentan al menos tres derrames de características similares, aunque menores.
La sensación de que allí existe una "zona de sacrificio" es inevitable, aunque hay autoridades, residentes y representantes de empresas que consideran injusto ese apelativo y cierta razón tienen. La actividad industrial generó trabajo y sustentó en parte importante el crecimiento de las dos comunas vecinas, a las cuales se suma Concón, donde se ubica la planta de Refinería Aconcagua.
Tras la movilización de residentes, organizaciones ambientalistas, pescadores y autoridades locales, varios gobiernos implementaron medidas para enfrentar el problema. Hay un Plan de Descontaminación vigente, un sistema de monitoreo constante y prohibición de que se instalen nuevas empresas contaminantes. Pese a todo ello, es difícil que se diluya la sensación de injusticia cuando a veces la solución demora más de siete años. Si no, pregúntele a los pescadores.