El problema eterno de la "zona cero"
En vez de hacer caso al angustioso reclamo de los vecinos, las autoridades prefirieron mirar a otra parte y dar evaluación positiva a Mil Tambores.
Como ocurre cada vez que hay una actividad masiva en Valparaíso, una parte de las 12 mil personas que llegaron a la ciudad para participar del carnaval Mil Tambores los días 30 de septiembre, 1 y 2 de octubre, sobrepasaron el insuficiente resguardo policial, se apoderaron de las calles en el eje de plaza Aníbal Pinto- subida Cumming -sumando esta vez los accesos y miradores de los cerros Alegre y Concepción-, y transformaron la fiesta en una pesadilla para los vecinos del sector. Al ver que eran pocos para poner orden al caos, los efectivos policiales asignados a la dura tarea de resguardar dicho cuadrante prefirieron restarse de un enfrentamiento abierto con la multitud.
Es lamentable que para el alcalde de Valparaíso, Jorge Sharp, los desmanes, la suciedad y el temor que sienten los residentes del sector sean un problema de perspectiva, de acento, de punto de vista. "Siempre se destaca lo malo de Mil Tambores", reclamó Sharp la mañana del lunes y luego procedió a hacer una evaluación positiva de la actividad, como si la solución al serio problema de seguridad pública que cada año plantea la convocatoria masiva de Mil Tambores fuera mirar para el lado o hacer oídos sordos a los porteños que sufren las externalidades negativas de las comparsas. Por cierto, este no fue el fin de fiesta más violento o caótico de los últimos 23 años -Mil Tambores nace en 1999-, y hay varias madrugadas de 1 de enero que han terminado con serios incidentes, heridos, destrozos y vehículos vandalizados. Pero la persistencia del fenómeno agota y la indolencia de las autoridades para enfrentarlo produce desasosiego y malestar en una población que ha visto estigmatizado su barrio, al mismo ritmo que ve destruidas sus aceras y sucias sus calles. Tan antigua es la situación que padece el eje de calle Cumming con plaza Aníbal Pinto, que los mismos vecinos han reconocido el mote de "zona cero porteña", en recuerdo de lo ocurrido con las Torres Gemelas en 2001 y muy cerca del concepto de "zona de sacrificio" que, en un giro ambiental, se atribuye a las comunas afectadas por la contaminación en la bahía de Quintero.
Se trata, por tanto, de un problema estructural, complejo, que estalla con mayor fuerza y violencia cuando ocurren en la ciudad ciertos hitos masivos -Mil Tambores, Año Nuevo en el Mar, los fenecidos Carnavales Culturales-, pero tiene presencia semipermanente y a ratos se confunde con la sombra de un desastre inevitable que amenaza con caer sobre Valparaíso. En este escenario, lo peor que le puede ocurrir a la ciudad es que sus autoridades tomen este problema como irreversible, un efecto no deseado, pero menor, de la calidad bohemia del barrio y, en vez de analizar los caminos de solución, queden entrampadas en declaraciones algo vacías sobre dónde poner la mirada. Un plan de seguridad más robusto es solo una acción en el camino a enfrentar el descontrol que ocurre en Cumming, porque un abordaje integral requiere trabajo con vecinos, presencia permanente, fiscalización de los bares y restaurantes, control de los ambulantes, arreglos en la infraestructura urbana, mejoras en el mobiliario y, sobre todo ello, la visión de que la vida nocturna porteña es un activo de Valparaíso que puede transformarse en un potente motor económico y de desarrollo urbano, sin por ello sacrificar la calidad de vida de los residentes.