LOS MARTES DE DON DEMETRIO Una constante y triunfadora lucha
POR DEMETRIO INFANTE FIGUEROA, ABOGADO Y EXDIPLOMÁTICO
Desde niño nos contaron la historia de que Dios había tenido la generosidad de crear un ser pensante que fuera capaz de gozar de las maravillas del paraíso y es así como tomó un poco de barro e hizo a Adán, nuestro padre común. Pero Dios al poco tiempo se percató que para la nueva criatura no era suficiente la espectacularidad del paraíso. El recién nacido personaje hecho de barro, se aburría. Dios, en su infinita sabiduría, esperó que aquél estuviera dormido y le arrancó una costilla. Con ese pedazo de hueso dio forma a algo más fino y delicado, eso fue Eva, nuestra madre común. Claro que poco después ambos se pegaron la gran embarrada de hacerle caso a la serpiente y comieron del árbol prohibido, acto que Dios mismo les había dicho que estaba fuera de sus atribuciones. En castigo por su desobediencia, Dios los expulsó del paraíso y tuvieron que habitar la tierra junto a sus descendientes y así hacer frente a todos los peligros que ello llevaba consigo.
Adán y Eva se dieron cuenta que el personaje hecho de barro era físicamente más fuerte, por lo cual tenía que hacerse cargo de cazar lo necesario para comer y, al mismo tiempo, debía defenderlos de las fieras y cualquier otro peligro que hubiera. De ahí es que hubo una especie de división del trabajo. Adán cazaba y peleaba y Eva se encargaba de la casa y de las criaturas que llegaban. Esa división marcó a fuego las obligaciones que ambos tenían y se extendió mucho tiempo. Algunos siglos después, esa idea general empezó a mutar y aparecieron mujeres que demostraron que por inteligencia y valor podían hacer la misma labor que el hombre.
Por ejemplo, en 1429, una casi niña -Juana de Arco- dio vuelta la historia de Francia y al mando de 5.000 hombres ganó la lucha política existente en ese momento; la Reina Isabel I de Castilla gobernó España por 30 años desde 1474 en adelante y fue quien respaldó la aventura de Cristóbal Colón; la Reina Victoria en Inglaterra gobernó por 70 años y marcó fuerte en la historia de Inglaterra su paso por el trono. Más adelante hay que señalar a Indira Gandhi, que desde 1966 gobernó por 11 años -hasta que fue asesinada-, en uno de los países más poblados del mundo y en el cual la tradición pone a las mujeres en un marcado segundo plano. Asimismo, hay que destacar cómo se impuso el empuje de las mujeres en otros planos. En la ciencia es notable Madame Curie, gran investigadora científica que puso el tema de la feminidad sobre la mesa. Obtuvo dos Premios Nobel. Se puede luego mencionar la lucha por el derecho a voto en Estados Unidos y muchos más. Estos excepcionales ejemplos nos muestran una lucha constante y prolongada de las mujeres por alcanzar en la sociedad el lugar que se merecían.
En nuestro Chile las cosas no fueron más fáciles. La historia nos señala como un caso emblemático el de Javiera Carrera en la época de la Independencia. Pero quizás el gran empuje vino cuando Gabriela Mistral ganó el Premio Nobel de Literatura en 1945. Cabe poner de relieve que obtuvo ese galardón antes que se le concediera el Premio Nacional de Literatura. La lucha de las chilenas no cesó y poco a poco nuestra sociedad hubo de reconocer que la labor femenina iba más lejos que la maternidad y que las puertas de las universidades deberían estar abiertas para ellas al igual que para los hombres. El mejor ejemplo en materia universitaria fue el de Eloísa Díaz, quien en 1880 ingresó a estudiar medicina.
Se sostenía que era un escándalo que una mujer junto a hombres viera cuerpos humanos masculinos desnudos en las clases de anatomía. Poco a poco ellas fueron copando las diferentes carreras, pero siempre el desbalance era notorio. En 1961, cuando egresé de la Escuela de Derecho de la UCV, éramos alrededor de 20 hombres y había una sola mujer. En la misma universidad tengo presente el revuelo que en esa época causó el que una mujer entrara a estudiar Ingeniería Química. Hoy día, en las universidades chilenas hay más mujeres que hombres, lo que demuestra que su lucha ha dado frutos, pese a haber sido prolongada y complicada.
En política el esfuerzo no ha sido menor. La primera senadora fue elegida recién en 1953. Ella fue María de la Cruz, quien fue una importante figura en la campaña presidencial de Carlos Ibáñez del Campo. Dicho sea de paso, esa fue la primera elección presidencial en que votaron las mujeres. Pero el caso de María de la Cruz fue muy excepcional. Cuando ingresé a trabajar en la secretaría del Senado, en 1962, no había ninguna senadora. Eran sólo hombres. Luego llegó la comunista Julieta Campusano. El arribo de ellas a la Corporación no estuvo exento de problemas logísticos. Por ejemplo, no había baños para señoras. En cuanto a ministras de Estado, la primera fue recién en el período de Gabriel González Videla. Ella fue Adriana Olguín de Baltra, que asumió la cartera de Justicia.
Si vemos el Chile de hoy, partiendo del hecho que dos veces ha sido jefa de Estado una mujer y que el Senado y la Cámara de Diputados, así como las alcaldías, cuentan con innumerables representantes del mal llamado "sexo débil", pues de débil no tiene nada, comprobamos lo que han alcanzado Adicionalmente, ellas dirigen hoy importantes instituciones de la vida nacional. La Universidad de Chile tiene una distinguida dama como su rectora y organizaciones como la CPC y la Sofofa son presididas por ilustres señoras. Ellas con inteligencia y con perseverancia han sabido sortear las dificultades que les imponía el medio y han demostrado en el ejercicio de esos altos cargos una capacidad extraordinaria. Pienso que ellas han dado un ejemplo al mundo. Las chilenas merecen el reconocimiento de todos los que habitamos esta larga y angosta faja de tierra. Ellas, junto con cumplir ejemplarmente sus papeles de madres, esposas, hijas y nietas, son un pilar fundamental de nuestra sociedad. Además, fuera de todo lo dicho, ¡son tan bonitas!, lo que demuestra que el trabajo divino es más hermoso cuando tiene como base un hueso que cuando se origina en el barro.
Hoy están empeñadas en una lucha particular. Piden igualdad de género en las listas que los partidos políticos presenten en las elecciones pluripersonales. Me parece una demanda razonable y justa, pues las diferentes organizaciones políticas tienen en sus cúpulas más hombres que mujeres. Es decir, los partidos políticos deben proponer a la ciudadanía en sus listas igual número de hombres y de mujeres. Ahora serán los votantes los que tendrán que juzgar cuál es la persona más adecuada para representarlos.
Lo que no encuentro justa e incluso pienso que es antidemocrática, es la pretensión de algunas en el sentido que los elegidos sean 50% mujeres y 50% hombres. Ello significaría "doblarle la nariz" a la decisión del elector y encerrarla en una dinámica que tuerce los resultados desde el inicio. En un país democrático no se le puede poner al votante esa verdadera camisa de fuerza para decidir su voto. La realidad que existe hoy en la Cámara de Diputados, por ejemplo, nos demuestra que la capacidad de las mujeres para vencer a los hombres en las elecciones no tiene límites. Las actuales diputadas, que son muchas, han demostrado la realidad del aserto antes indicado. Por último, pienso que de alguna manera sería establecer un reconocimiento tácito e injusto en el sentido de que las mujeres son menos inteligentes o capaces que los hombres y por ello requieren de una "ayuda adicional" para obtener un cargo de elección popular. Creo firmemente en la capacidad de ellas y que no requieren de esa pretendida asistencia. Seguirán siendo vencedoras en las elecciones gracias a su capacidad y a la forma como se presentan ante el electorado, único ente llamado a establecer el género de su preferencia. Dudar de ello constituye un verdadero insulto para ellas.
En estas líneas he querido hacer un pequeño reconocimiento a la lucha -a veces heroica- que han dado las mujeres para que su talento y sus derechos les sean reconocidos. Me siento orgulloso de aquéllas. Cuando veo que ellas manejan camiones de la minería, cuya envergadura es casi impensada, o cuando visten el uniforme de nuestras fuerzas armadas, o cuando en una sala de emergencia caí en manos de una doctora que me salvó la vida en un momento que estaba desarrollando un infarto al corazón, no puedo sino colegir que todos les debemos un reconocimiento por lo que ellas hacen por el bienestar de todos los chilenos.